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di Alberto Arecchi
LA DESAPARICION DE ATLANTIDA


Imagínense volver en el tiempo, hace 3300 años, hasta acerca del año 1300 a.C. (¡ 9000 meses – y no 9000 años! – antes de Solón), cuando el filósofo Platón colocaba la historia de la tierra perdida de Atlántida.
En aquel momento, el mar hoy conocido como el Mar Mediterráneo tuvo que estar separado en dos partes, de niveles diferentes y sin comunicaciones mutuas. El Mediterráneo occidental y el Tirreno eran – como ellos son hoy – en comunicación con el Océano, por el estrecho de Gibraltar, que se abrira más de mil años antes. La parte oriental – es decir el Mediterráneo de los griegos – era apropiadamente un “mar interior”, como un lago, de la Syrte Minor a las costas Syro-palestinas, inclusive Adriático y el Mar de Candia (mientras el territorio egeo era una llanura, fora de las aguas, coronada por montañas volcánicas). El nivel de sus aguas sería aproximadamente 300 m bajo el nivel de hoy. Notaremos este nivel como “cero de nivel”, para medir las altitudes relativas.
El Canal de Sicilia (como hoy nosotros lo llamamos) era en aquel momento una llanura fértil, regada por ríos y protegida por montañas elevadas. En el extremo oeste del Mediterráneo oriental, no muy lejos de la isla de Malta, dos bocas apretadas abrían pasajes a un gran golfo, profundo más de mil metros. Alrededor de ese golfo, protegido en sus bocas por una gran isla, una civilización próspera se subió de la gente libia, que se había bajado quizás cuando por las tierras altas del sur.
Quién venía por al este, de Creta o de Egipto, vería los estrechos, anchos de 15 a 30 km, en los lados de una ancha isla, alta aproximadamente 150 m, y con una montaña más alta en el lado norte; Podemos identificar en este sistema las “columnas de Hércules” de la mitología antigua (la “columna” del norte aparece identificable con la isla de Malta).
Hacia el noroeste, detrás del gran golfo, un pico alto más de 1100 m (de las aguas del mar más bajo), que hoy nosotros conocemos como isla de Pantelleria.
El mar occidental, conectado desde muchos siglos con las aguas del Océano por la boca de Gibraltar, estaba por derramarse y esparcir hacia el golfo y el oriental Mediterráneo, colocados en un nivel más bajo. Esta era una verdadera maldición para los pueblos (Atlantoi-Tjehenu) que habitaban esas tierras, pero ellos tenían la convicción de que la ventaja geográfica podría durar, como ellos siempre habían conocido.
Al oeste del “puerto” o golfo esparciaba una llanura fértil, que corresponde perfectamente, en características físicas y climáticas, al territorio descrito por Platón. El filósofo narra que los habitantes de Atlántida crecieron - entre otros - los dátiles y los plátanos, y en la fauna habla de la presencia de elefantes.
La costa del golfo, hacia al sur, hasta al Mediterráneo occidental, era larga 540 km, y de la costa del golfo hasta las colinas, había 360 km.
En las colinas volcánicas había las minas de cobre y de otros metalos y, a una distancia aproximadamente de 450 km de las aguas del Mediterráneo, esparciaba una enorme palangana de agua: como un mar, cuya superficie estaba en el nivel de 650 m sobre el Mediterráneo oriental. Ese mar reuniba las aguas de una palangana inmensa de lluvia, cuya extensión, al sur, llegaba hasta el Tassili y el Ahaggar (Hoggar, la originaria montaña “Atlas”, según Herodoto). Sus aguas, en el tiempo, alimentaban un emisario que se bajaba hacia al este, al Mediterráneo: un río perenne regaba las tierras de la llanura inmensa. El fondo de esa palangana es hoy un gran sedimento de arena, el Grande Erg oriental (Igharghar) : el desierto de arenas más grande en el mundo.
Dos rutas principales se dirigen de las costas Mediterráneas hacia las montañas de Ahaggar. La primera corre por la costa occidental del Mar superior antiguo, la otra por su costa oriental. Esto es el gran “camino de los carros”, con sus pinturas en las rocas y grafiti, representando las escenas de la vida del segundo milenario a.C., con cazadores, pastores, conductores de carros y caballos.
Fue en esa región que una populación de pre-libios fundó un imperio. Ellos eran gran constructores y gran navegantes y supieron escritura, con un alfabeto presumiblemente semejante al libio-bérbero; ellos fueron llamados “Tjehenu” por los egipcios y Atlantói en los Diálogos de Platón, e podrían haber alcanzado las costas del Mediterráneo de las grandes montañas del Sur, llamadas “Atlas” por Herodote.
Por lo menos en 3000 a.C. los Atlantói eran capazes de construir fortalezas con grandes bloques de piedra y vivian en una confrontación constante con el imperio de los Faraones: era la llamada “guerra del bronce”. Entre los productos de importancia esencial para la extensión de la tecnología, ellos tuvieron el monopolio importante de la obsidiana, una piedra (vidrio volcánico) muy importante para la producción de hojas y otros objetos. Las minas de cobre nativo (Oréi-calkos) estaban en las colinas de Atlántida, pero la gran innovación tecnológica era el uso del bronce, una aleación de cobre y estaño, con mejor dureza y resistencia.
El objetivo estratégico para obtener el monopolio del bronce era el control de las minas de estaño, del cuál Africa carece. Los Faraones sostuvieron para esto la guerra contra los hititas y conquistaron el control de las minas de Anatolia. El estaño de los Atlantói vino del suroeste de la península iberica, y quizás de Cornualles. La red de sus comercios y relaciones se pudiera haber conectado con la extensión del “las culturas megalíticas” en Europa y en el Mediterráneo occidental.
Según la narración de Platón, los Atlantói practicaban la agricultura, construyeban ciudades, fundieban los metales (oro, cobre y estaño), conocian la escritura. Ellos practicaron un expansionismo prolongado hasta Tyrrenia (Latium y Toscana), lucharon durante 2000 años contra Egipto y entraron en conflicto con poblaciones paleo-griegas que vivieban en las costas de la llanura egea.
Todo ese mundo terminó en el espacio de 24 horas, en un día de un año entre 1235 y 1220 a. C. Una serie violenta de terremotos agrietó gravemente los diques rocosos que contuvieban las aguas del mar superior Sahariano y del Mediterráneo occidental. Las aguas superiores causaron ondas gigantescas de inundación. El mar interior y superior habría contenido por lo menos 50.000 kilómetros cubos de agua (50 x 109 m3). La onda podría tener una energía equivalente de 17.5 x 1015 kgm = 17 x 1016 Joule.
La enorme cascada golpeó con un impacto directo la isla y la capital de Atlántida, situada aproximadamente 600 km antes del dique natural.
Todavía hoy, si usted mira con atención un mapa geográfico o una foto de satellitar, usted puede ver, en la región del Grande Erg orientale, del Golfo de Gabès y de la Pequeña Sirte, las marcas de esta catástrofe antigua. El Golfo de Gabès aparece como un “embudo” y no es difícil de imaginarse la enorme masa de agua que corre a través de eso.
La misma serie de terremotos acabó con otros diafragmas de piedra: en primer lugar el que delimitaba al norte la grande llanura del Mediterráneo occidental, que estaba conectado a los Océanos. Los dos mares Mediterráneos se fundieron en un solo mar y la historia de Atlántida y su civilización fueron sumergidas definitivamente bajo unos cien metros de agua salada. La llanura del Egeo también fue sumergida definitivamente, y sus montañas llegaron a ser las islas. El agua salada cubrió los puertos antiguos, las ciudades costeras, y se llevó las tierras agrícolas.
El cataclismo aparece completo si nosotros nos imaginamos que la misma serie de terremotos provocaron el rendir del diafragma que conectaba Italia a la Sicilia, con la apertura consecuente del estrecho de Messina. El comienzo repentino de la corriente cavó surcos profundos. Los puertos en el área de oriental Mediterráneo fueron sumergidos.
El barro y las corrientes giraron para navegar duramente en la Pequeña Syrte y en el Canal de Sicilia, como escribieron Platón y otros autores clásicos (lean las narraciones del mito de los argonautas).
Si lo que hemos expuesto es creíble, Atlántida nunca ha movido, no se hunde en el abismo oceánico. Ha sido trastornada por enormes ondas, sus ruinas se han cubierto de dez en diez metros de barro y arena y entonces por unos cien metros de agua.
La destrucción del centro económico y cultural de Atlántida puede aparecer conectada a la “misteriosa” interrupción de la cultura megalítica, en el área del Mediterráneo occidental: La península ibera, Cerdeña y Córcega y - podríamos agregar - hasta las islas británicas. Había desaparecido un importante polo de riqueza, un país de grandes navegantes, que comerciaba con los países occidentales para importar el estaño, esencial en la fusión del bronce, y en cambio exportaba la obsidiana Mediterránea y otros productos y alimentos.
Se podría tratar de encontrar los niveles costeros, sumergidos y diferentes, correspondiendo a la progresión de aguas, del momento de la catástrofe de Atlántida hasta el relleno completo del mar Mediterráneo oriental al nivel oceánico. Una confirmación importante podría venir de la búsqueda a fundo de Creta de los puertos antiguos del período Minoico.
El fin del centro de Atlántida causó varias consecuencias graves, las huellas de que son “los misterios” de esas áreas:
-La desaparición de los constructores de megalitos, en toda el área del Mediterráneo occidental. La población local había retrocedido en un régimen de pobreza y de subsistencia alimenticia, que no permitiba más construir grandes obras.
-Las ocupaciones sucesivas de las grandes islas (Cerdeña y Córcega) de la parte de los Pueblos del Mar hizo para hundir cada vez mas en el misterio los orígenes del “pueblo de los megalitos” que los había precedido.
-Quizás un grupo pequeño de sobrevivientes del pueblo Tjehenu conservó la memoria de una parte de mitos antiguos. La mítica Reina Hinan, enterrada en las montañas del Ahaggar, en el corazón del Sáhara, puede ser una huella, por lo menos en la permanencia del nombre, como el alfabeto tifinagh, utilizado en los idiomas libio-bérberos muy antiguos.
Una objeción frecuente ha sido: “Si toda esta historia era por lo tanto obvio, por qué nadie ha escrito jamás antes”. La respuesta es muy sencilla: “Es simplemente porque alguien lo ha escrito, que podemos decir esta historia. Platón ha escrito, y con gran precisión; y el mismo hizieron algunos de los eruditos más importantes del Mundo Antiguo: Eudoxo de Cnydo, Dyodoro de Sicilia y otros autores antiguos, con una precisión que sería envidiable por muchos periodistas modernos…
Debemos estar agradecidos a la atención de Platón si el informe de Solón sobre Atlántida pasó a nosotros: una memoria que podría desaparecer, enterrada en el olvido, como muchos otros acontecimientos olvidados en el curso de la historia de la humanidad.

Esto es un sumario del libro italiano: Atlantide. Un mondo scomparso, un’ipotesi per ritrovarlo, Edición. Liutprand, Pavia, 2001.
El autor, Alberto Arecchi, es un arquitecto italiano, y vive en Pavía (Italia). El trabajó para unos 15 años en países diferentes de Africa, operando de 1975 a 1989 como un experto de la cooperación internacional para el desarrollo.
Alberto Arecchi es el presidente de la Asociación cultural Liutprand. Sus intereses principales profesionales son: la restauración de arquitecturas históricas, la bio-arquitectura, las construcciones con tecnologías apropiadas, la planificación de la ciudad, los proyectos para el desarrollo con una fuertr participación popular.


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