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di Paul Gallez
LOS CHINOS EN AMERICA
Predescubrimientos de América


I. En la antigüedad
Hay dos períodos de la historia en los cuales tenemos indícios (tomados por muchos como pruebas) de la llegada de chinos a la costa occidental de América, por navigaciones transpacíficas,
La primera se basa en la cartografía antigua, más exactamente H be esis en el libro de Tolomeo (siglo II de nuestra era) Geographike Hyphegesis, o “Introducción al trazado de un mapa del ecúmene”, conocido popularmente como “La Geografía”. En esta obra (1) Tolomeo, copiando a Marino de Tiro (siglo 1 de nuestra era), dice que Kattigara es “el fondeadero de los chínos”, y coloca este lugar en la costa oriental del Pacífico, es decir en Sudamérica. Hemos dedicado un capitulo a Kattigara en una obra anterìor (2), donde discutimos largamente las localizaciones de este fondeadero propuestas por cuarenta autores. Este problema ha sido estudiado también en la Enciclopedia de la Antigüedad Clásica (3). Los datos sobre Kattigara han sìdo obtenidos por Marino de Tiro de un tal Alexandros que ha viajado por lo menos hasta Malaca, donde pudo haber recibìdo su informaci6n de marìnos chinos.
Varios lugares del Perú han sido propuestos como localizaciones de Kattigara: Chan Chan, Lambayeque, y varios “Huaca de los chinos”.
Los anales de la dinastía de Han cuentan un víaje transpacífico, que podría ser el mismo al que aluden Marino de Tiro y Tolomeo. En 219 a.C., el emperador Shih Huang Ti envió una expedíción de jóvenes de ambos sexos a un país maravilloso situado muy lejos en el este, allende los mares, llamado Fu Sang. Los jóvenes se quedaron allí y vivieron felices.


2. En el Alto Medievo
Otra sección de los Anales de China relata que en el Alto Medievo (europeo, no chino), en el año 499 de nuestra era, volvió de Fu Sang el monje budista Hwui Shin. Descríbe este país situado a 20.000 lis (4) hacia el oriente de China, con sus habitantes, sus costumbres, sus casas, los árboles, los animales. Explica que Fu Sang está “en la costa oriental del mar oriental”, es decir en la costa americana del Pacífico.
La enciclopedia china San ts’ai t'u hui ofrece el dibujo de un hombre de Fu Sang que ordeña una llama (5). Los detalles del dibujo no permìten siquiera suponer que se trate de una vicuña o de un quanaco, y menos de un animal asiático. Por otra parte, hoy las llamas no se ordeñan.
Numerosos orientalistas del siglo pasado han dìscutìdo con pasi6n la localización de Fu Sang. El primero fue Joseph de Guignes, en 1761 (6), quien tomando al pie de la letra la expresión “al este de la China”, situó Fu Sang en Méjico. Durante todo el siglo XIX apoyaron o atacaron esta tesìs Neumann, de Paravey, Eichthal, Leland, Hervey Saint Denis, Klaproth, Vivien de Saint Martin, Bretschneider, SchIegel, Dall, Müller y Chamberlain, casi todos franceses o alemanes, incluso alemanes que vívían en París, capital de la cultura mundial en aquella época.
El estudio más meduloso es el de Vinning de 1885 (7), que aporta numerosos argumentos nuevos y poderosos a favor de la tesis original de de Guignes.
Es muy notable cómo unas mismas frases del texto chino reciben interpretaciones opuestas por sinólogos que, sin ninguna obligación, se han comprometido a favor o en contra de la tesis de de Guignes.
Una descripción botánica corresponde, según algunos, a la pita de América, y según otros a una planta de Sajalín. La costumbre real de cambiar el color de la indumentaria cada año es, según unos, típica del Perú, y según otros desconocida en América. La distancia de 20.000 lis para unos corresponde exactamente al Perú, y para otros es una exageración que significa solamente “lejos”.Es increíble como la pasión se apodera de algunos hombres de ciencia, sin que medie ningún interés materíal. Solamente está en juego el prestigio científico de los que “se niegan a comulgar con ruedas de molino” contra los que “están liberados de las mezquindades y de las tradiciones del oscurantismo”. Para consuelo nuestro, la ciencia actual está más libre para proponer soluciones heterodoxas, es decir novedosas.
Los elementos antropolôgicos de América apuntan a los mongoloides, no a los chinos. Pero los artisticos evocan al Japón y a Indochina.
Queda mucho por estudiar sobre estos temas.

3. Las ancla de piedra de Palos Verdes
La disputa más reciente sobre las migraciones de chinos en América confirma que los especialistas actuales siguen con la misma mentalidad que los del siglo pasado. Se trata del caso de las anclas de piedra de Palos Verdes, una hermosa península situada a pocos kilómetros al sur de Los Angeles, California (8). Aquí se manifiesta la intransigencia de las dos posiciones adoptadas por los científicos.
En 1973, un barco del servicio de geología de la armada de Estados Unìdos encontró a cìerta dístancia de Palos Verdes, a gran profundidad, unas piedras evidentemente trabajadas por la mano del hombre, similares a las que se utilizaban como anclas en el Mediterráneo en la Edad de Bronce (ca. 1500–1100 a.C.). El manganeso depositado sobre estas rocas ímplicaba una larga ínmersión en el fondo del océano. En 1975, frente a Palos Verdes, y a poca profundidad, dos buzos profesionales hallaron más de veinte piedras trabajadas alrededor de un escollo cubierto de algas, y trajeron algunas a su base en Redondo Beach para examinarlas.
Willìam Clewlow, del Instituto de Arqueología de la Universidad de California, y James Moriarty, antropólogo de la universidad de San Diego, declararon a la prensa que estas piedras eran anclas chinas y que debían tener entre 500 y 1000 años de inmersión. Mandaron ejemplares a la universidad de Minnesota y a un organismo cíentífíco chino. El historiador Fang Zhongpu publicó en “China Reconstructs” un artículo donde recordó la visita a America del monje Hwui Shin. Agregó que las piedras perforadas eran de una roca típica del sur de China; el agujero servía para pasarles una cuerda y usarlas como anclas; eran del tipo que se usó en China durante varios milenios.
Pronto aparecieron los contradictores. Aseguraron que este tipo de roca se encuentra en la bahía de Monterey, a 100 km al sur de San Francisco; es un esquisto llamado cristobalita que abunda en el sur de Calífornìa. El paso siguiente fue atribuir su confección a los inmigrantes chinos del siglo XIX atraídos a California por la fiebre del oro. Los que no tuvieron suerte en las minas se dedicaron a su ocupación original, la pesca, y por costumbre y por pobreza, confeccionaron sus propias anclas con piedra local. Las piedras grandes se usaban para los barcos, y las pequeñas para las redes.
¿Es tan difícil saber si una piedra ha sido sumergida durante un siglo o un milenio? ¿Y si la acumulaci6n de manganeso ha podido hacerse en 100 o en 1000 años? ¿Y si esta cristobalita es típica de China o de California?
Una vez más, los especialistas parecen más decididos a defender una tesis preestablecida que a buscar la verdad cientifica, por miedo a que ésta ponga en peligro las teorías que han enseñado durante años. La resistencia al cambio es uno de los principales frenos del progreso cientifico.

NOTAS

I. PTOLEMAIOS, Klaudios: Geographike Hyphegesis, libro VII, cap. 3.
2. GALLEZ, Paul: La Cola del Dragón. Bahía Blanca 1990.
3. PAULYS Realencyclopädie der classischen Altertumswissenschaft. Stuttgart 1893/1962.
4. Li: medida itineraria china. Equivale a 576 metros.
5. SCHLEGEL, Gustave: Fou Sang Kouo. le Pays de Fou Sang. Leiden. Brill 1892.
6. GUIGNES, Joseph de: le Fou Sang des chinois est–il l’Amérique? Mémoires de l'Académie des Inscriptions et Belles Lettres, tome 28. Paris 1761.
7. VINNING, Edward: An inglorious Columbus, or evidence that Hwinshin and a party of Buddhist monks of Afghanistan discovered America in the fifth century. New York, Appleton 1885.
8. FROST, Frank J.: The Palos Verdes Chinese Anchor Mystery. Archaeology 3511. New York 1982.


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