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di Alberto Arecchi
LA CIUDAD EN AFRICA


En Africa, el continente más pobre del mundo y el más rural, hoy los que menos poseen, las masas desheredadas que viven al día, no están relegadas en el fondo de las malezas y de la selva ecuatorial. Suelen vivir en las aceras de las grandes ciudades, en el corazón mismo de Abidyán, Lagos, Kinshasa, Dakar o Nairobi.

En la realidad africana de hoy, la ciudad se ha convertido en un fenómeno anormal, el único canalizador de energías y de población a escala mundial. Estas ciudades, que en general han crecido junto a un puerto colonial, nacido para llevar al extranjero los productos de la tierra africana, albergan a la gran mayoría de los funcionarios, de la burocracía y de los altos empleados de los nuevos Estados africanos y constituyen un espejismo para las masas campesinas, carentes de una economía estable y afectadas periodicamente por el rigor de los fenómenos naturales. Las catástrofes «naturales» como las sequías periódicas son en realidad uno de los males derivados de la ausencia de planifícación del territorio.

En Mogadiscio, capital de Somalia, reside casi la cuarta parte de la población de todo el pais. En Dakar, con sus arrabales de 1.200.000 personas, se congrega el 25 por ciento de la población del Senegal. Argel, con casi dos millones y medio de habitantes, agrupa el 13 por ciento de la población de Argelia, país enorme en el cual más dei 40 por ciento vive ya en las ciudades. También la capital del Zaire, Kinshasa, cuenta con dos millones y medio de habitantes, en general amontonados en grandes barriadas de chabolas. Abidyán, en Costa do Marfil, supera el millón y medio, o sea, el 25 por ciento de la población del país, y ya se ha aprobado pasar la capital a Yamousoukro para descongestionar la actual.

Casi la mitad do los habitantes de Abidyán son inmigrados extranjeros, atraídos por las posibilidades de trabajo que ofrecen la gran ciudad y el puerto. Un tercio de los cien millones de nigerianos vive en las ciudades. También en Nigeria quieren trasladar la capital, porque la gran ciudad portuaria de Lagos ya no puede más: tiene cinco millones do habitantes, con una densidad récord de 2.800 personas por hectárea. Se prevé que de aquí al año 2000 puede crecer hasta 13 o quizá hasta 20 millones de habitantes.

Este año la reacción histérica de impotencia de las autoridades nigerianas ha sido pretender resolver los problemas do un crecimiento urbano desmesurado, expulsando de golpe a dos millones de trabajadores extranjeros.

Cloacas
También los pequeños centros urbanos experimentan un crecimiento anormal en países en los que la esperanza de vida de la población no urbana se avecina siempre peligrosamente al cero. Nouakchott, Bamako, Ouagadougou han sufrido grandes oleadas de emigración a consecuencia de las repetidas sequías del Sahel. La población ha aumentado en pocos años en un 150‑200 por ciento.

En los últimos treinta años el desierto ha conquistado en Mauritania más de catorce millones de hectáreas. Y en eso intervalo la población se ha duplicado con creces y se ha ido haciendo sedentaria, empujada por las repetidas carestías y por la guerra del Sahara occidental. En diez años se ha trasformado completamente la estructura social de Mauritania. En los años setenta estaba constituida por un 83 por ciento de nómadas y 17 por ciento de sedentarios; hoy es al revés.

El 70‑80 por ciento de los habitantes de Nouakchott vive en realidad en campamentos y chabolas desprovistas de lo necesario. en condiciones higiénicas desastrosas y esperando, al parecer, un «milagro», que no se sabe de donde puede venir. Barrios enteros quedan sepultados rápidamente por las dunas movibles y en seguida se reconstruyen encima de ellas.

En Bamako, que tiene hoy 700.000 habitantes, un informe de la UNICEF describe los barrios nuevos como «cloa­cas», donde reina una atmosfera de «fin del mundo». El agua potabie y los ser­vicios higiénicos son un lujo que no puede pagarse, aunque su ausencia cuesta la vida a millares do niños y la salud a los adultos. El espejismo de la ciudad atrae por igual a campesinos y nómadas; en cuanto se baja de la zona de la supervivencia, las formas de vida tradicionales se transforman en pobreza y subdesarrollo.

En la ciudad se mezclan las etnías y las costumbres; el contacto con el extranjero es fácil y hace descubrir un mundo regido por el dinero. Las antiguas relaciones sociales caen poco a poco o do golpe y se sustituyen por relaciones de compra‑venta. Todo servicio se paga; la limosna constituye un hecho institucional; la prostitución un status social privilegiado, y no son pocas las familias que mutilan a sus propios hijos para «asegurarles un porvenir» con la mendicidad.

Cuerpos extraños
La tendencia al éxodo rural es muy fuerte en un continente en el que la vida social y la productividad de los campos nunca han evolucionado mu­cho respecto a la situación colonial de hace veinte o treinta años. La vida está bien organizada en las grandes plantaciones de café o de otros productos destinados a la exportac ión, porque de allí salen las rentas deo los grupos domi­nantes. Pero la estructura del sector agrícola, por la producción interna y la autosuficiencia en materia de alimentación, conoce muy pocos éxitos, pues es obstaculizada por los funcíonarios y carece de iniciativas y de financiamientos, incluso en paíscs, que, como Mozambique y Argelia, quieren fundar .con las nuevas «aldeas socialistas» una real y verdadera revolución agraria.

La urbanización, en si misma, no es lo que constituye un fenómeno negativo, sino la urbanización incontrolada que crea barrios de chabolas semejantes a depósitos gigantescos de basuras, desarraigando a grandes masas de personas de sus costumbres tradicionales para hacerlas objeto de especulaciones económicas y políticas. Son los enormes espacios poblados de cabañas y de barracas que carecende servicios, y en los cuales la densidad y la promiscuidad alcanzan cotas espantosas y la mortalidad infantil supera a veces el 50 por ciento.

Es la sedenta rizaciónde los nóma­das, forzada y capciosa, por parte de gobiernos que temen a los pueblos regi­dos por ellos y pretenden ejercer un control rígido, como el que las autoridades colonìalcs ejercían en períodos de guerra mediante los campos de con­centración. Son a veces las buenas in­tenciones mal aplicadas, las innovaciones tecnológicas de consecuencías in­calculables, las «ayudas alsubdosarrollo» proporcionadas con la ceguera del buen europeo, para quien el desarrollo sólo equivale a hacer que los pueblos africanos alcancen la misma medida y los mismos valores que ellos tienen en su casa.

Esto da origen a una dímensión paternalista que no suele tener en cuenta las diferencias sustanciales: antes do juzgar una realidad como menos desarrollada es importante reconocer que es diversa y por qué lo es, y hay que preguntarse cuál es el desarrollo a que ella aspira. Ahí están, por ejemplo, los colosales errores de juicio cometidos por Occidente en la historia de lrán, que han llevado a la reacción tan conocida de una «revolución islámica» nacida sobre bases populares y refugiada en los peores fantasmas del pasado.

Con frecuencia se oye repetir el tópico de que “no  existe una ciudad verdaderamente africana”. El valor profundo de tal afirmacíón es que en Africa, más que en otros sitios, las actividades urbanas siempre están orientadas hacia afuera: actividades económicas de importación‑exportación, actividades de servicio ‑al menos las que producen riqueza‑ dirigidas a los colaboradores extranjeros y al personal de las embajadas, actividades culturales dirigidas a un público extranjero y que se desenvuelven generalmente en un idioma extranjero (la antigua lengua colonial).

Desarrollo agrícola
En muchos palses ni siquiera se ha intentado poner en marcha un desarrollo «autocentrado» y revisar el rol de la ciudad al servicio de la economIa y del desarrolio social do la nación. Donde se ha intentado, las mismas estructuras urbanas han opuesto una resistencia enorme a ese cambio, porque han sido concebidas y se han desarrollado como cuerpos extraños,  como «cabezas de puente» en tierra africana de otra cultura, otra historia y otros intereses. .

Parece que incluso desde el momen­to dela independencia ha ido aumentando la diferencia de las ciudades respecto al territorio que las rodea, más allá de la oposíción, que era lo más visible, entre la ciudad de cemento para los blancos y la ciudad de latón, de madera, de paja y materiales precarios para los africanos. Hoy se trata, cada vez menos, de una cuestión de color y, cada vez más, do una cuestión de tipo de desarrollo.

La única alternativa auténtica para los males de la ciudad que van creciendo más allá de todo límite y de todo programa económico es la de planificar el campo, valorizar el desarrollo agrícola y la Administración descentralizada. Por muy paradójica que pueda parecer esta afirmación, resulta perfectamento comprensible si se piensa que los esfuerzos de inversiones y de modernización realizados hasta ahora en Africa se han concentrado en áreas urbanas en el 85 por ciento de los casos o quizá en más.

En los últimos veinte años, y con gran rapidez, la diferencia que existía entre la capital colonial y su territorio se ha hecho enorme. Hoy, la ciudad forma parte del mundo «moderno», aunque sea con todas las oposiciones entre centro y periferia, entre el mundo del turismo y de los negocios y el trabajo «informal» (o sea, el conjunto de pequeños oficios improvisados y sin.reglamentación) y la mendicidad.

El campo se ha quedado como si fuera de otros tiempos; no ha cambiado nada o muy poco respecto al período colonial. En la coexistencia de estos dos mundos, muy alejados en el tiempo, pero cercanos en 1a realidad práctica, el éxodo rural y la urbanización se convierten en dos fenómenos «naturales» y irreversibles.

Estamos en una época en la cual la autosuficiencia agrícola y la capacidad de exportar productos alimenticios pueden constituir un poder enorme en .las relaciones de los equilibrios mundiales.

Africa es un continente rico en recursos agrícolas que no están valorizados; por poner un ejemplo, en los circuitos comerciales urbanos, con más facilidad se encuentra sal holandesa y bizcochos brasileños, pasta italiana y queso francés que los productos loca­les.

La producción de géneros alimenticios en algunos países africanos llega a la autonomía sólo en campos muy limitádos y está destinada a la exportación: ése es el caso de las piñas de Costa de Marfil, empaquetadas  en Africa y vendidas en todo el mercado europeo.

Con frecuencia se da el absurdo de un producto típico del país que se exporta en bruto en grandes cantidades y a precios bajísimos, para ser elaborado en el extranjero y luego lo reimportan ya confeccionado. No se aprovecha la ocasión para crear puestos de trabajo, sino, por el contrario, se exportan recursos económicos locales para que otros hagan de ellos un género autóctono. Por ejemplo, las mujeres de Dakar tuestan grandes cantidades de cacahuetes y luego los venden en las esquinas de las calles. Pero a unos pasos do distancia, los supermercados ofrecon con etiquetas alemanas y holandesas esos mismos cacahuetes tostados y empaquotados industrialmente.

Estamos frente a una exportación a gran escala del valor de los productos agrícolas. Solamente una asociación más moderna y autosuficiento de los productores con las cadenas do distribución podría permitir en la vida rural las modificaciones que son indispensablea para disminuir la atracción del «cebo urbano» y para poner en marcha unos procesos de reequilibrio territorial.

Experiencias positivas
Existe ya una línea de pensamiento que considera a los «marginados urbanos» verdaderos protagonistas de la nuova sociedad. Existen visiones teóricas de emancipación «convivial» propuestas por Ivan Illich y experiencias empíricas de autogestión solicitadas por algunas agencias de la ONU.

Las experiencias más interesantes son las que promueven la participación en ambiente rural, porque tocan a las raíces mismas de los grandes problemas sociales del Africa de hoy; Pero también las más aisladas, las más refractarias a una generalización de los resultados y las más difíciles de valorar adecuadamente.

Cuando se presentan esas experiencias de animación rural, con demasiada frecuencia se supervalora la intervención exterior, ya sea porque el colaborador extranjero constituye un elemento catalizador o porque siempre o casi siempre es él quien escoge y describe las experiencias que se publican, que son las que conoce desde fuera.

En el ambiente urbano, estos equívocos se superan más fácilmente. Suelen existir cuadros locales, líderes naturales o realizadores sociales africanos capaces de dirigir las acciones de participación. El técnico que coopera se valora realmente como es y no como “deus ex machina”.

En el campo de la autoconstrucción ha hecho experiencias ìnteresantes la ADAUA (Asociación para el Desarrollo do una Cultura y un Urbanismo Africanos) en Mauritania (Rosso y Kaedi) y en Alto Volta, donde se han construido barrios enteros de buen nivel arquitectónico, en los que se vuelven a emplear las formas y los materiales tradicionales.

En forma análoga actúa en Camerún el PAID (Instituto Panafricano para el Desarrollo), con sede en Douala para la zona francófona, y en Buea para la zona de lengua inglesa. No son más que unos ejemplos, pues casi todos los países africanos pueden hacer hoy gala de sus propias experiencias de construcción, centros de estudio para el urbanismo y laboratorios tecnológicos que realizan investigaciones en el campo do las tecnologias apropiadas (el Centro de Investigacionea de Cacavelli, en Togo, ha hecho escuela).

¿Qué estrategia?
Estos breves datos acerca de algunas iniciativas del Africa occidental no deben ser considerados como una reseña. Pretendemos solamente presentar algunos ejemplos de acciones orientadas al desarrollo autocentrado.
De los programas para el desarrollo pueden esperarse principalmente dos cosas: que ayuden a las poblaciones más desfavorecidas o que adopten una estrategia determinada para superar las condiciones actuales de la sociedad africana. No siempre coinciden las dos esperanzas y los dos objetivos. Con frecuencia la ayuda a las situaciones más desastrosas, a los grupos humanos en el límite extremo de la supervivencia, se queda en una donación generosa que ayuda a superar momentos difíciles, pero que no cambia las condiciones do dependencia. La estrategia que puede ayudar a romper las trabas de la dependencia pasa a través de la formación de capacidades técnicas y productivas locales en forma cada vez más autónoma, consciente y participada.
Para poder desarollar estos programas a escala continental, de manera que se aprovechen las energías activas del Africa de mañana, será necesario un enorme esfuerzo de coordinación y mucha lucidez intelectual por parte do los Gobiernos y de los responsables políticos.
No es la nuestra una visión apocalíptica, sino un intento de análisis sin ilusiones para superar los males ‑ aparentemente irremediables ‑ de una sociedad nacida del colonialiamo. No solamente del colonialismo histórico, terminado con la independencia de los Estados africanos, sino, sobre todo, del colonialismo económico‑político, que on los últimos veinte años ha crecido con apoyos intercontinentales y ha encadenado a Africa con unas cadenas más fuertes aún que en la época do la esclavitud.

Alberto ARECCHI - Jacques BUGNICOURT (respectivamente: arquitecto y secretario ejecutivo de la ENDA)

Revista “Mundo Negro”, septiembre 1983


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